Virginia Chormoviti

 

 

 

(Grecia)

 

 

Nadie

 

He despertado toda mi vida al mismo sueño

y a cada instante me he tenido que inventar quién era yo.

Me he buscado sin paz, como se busca un hombre que guarda

enormes cantidades de ansiolíticos al fondo de sus bolsillos

y recomendaciones terapéuticas.

Pero lo único que encontraba era el horizonte alucinado

de la psiquiatría ordenando mi alma, los paraísos químicos

como forma de encontrar la verdad,

los sueños que se soñaron falsos al ser soñados y no quisieron

existir.

 

Ah sí, me he soñado sin tregua

como un mendigo de sensaciones imposibles,

como alguien falto de amor que busca amor

y acaba llorando bajo la intemperie absurda

de sus sentimientos. Como alguien que, bajo esa intemperie,

ha salido de sí con su psiquismo a solas y se ha buscado

en lo otro, pero lo otro no era nada:

sólo ese horizonte de bolsas de basura en los márgenes de

todos los caminos

abiertos en mi corazón, y establecimientos alternativos

para la curación de cualquier cansancio y de cualquier

metafísica,

establecimientos donde siempre se veía a un viejo meditar

su suicidio mientras se acariciaba

temblorosamente el colesterol de su panza

bajo una camisa falsificada de Cacharel.

 

Espectador irónico de mí mismo

nunca me conocí porque siempre dudé de que existiera.

Y alguien ajeno a mí representaba esa dulce mentira de visitar

el mundo

y ver cómo la vida pasa.

La compleja maquinaria de un pájaro cantaba en las ramas

de un magnolio

como un profeta alucinado y no me descubría ninguna

verdad.

Las dalias y las lilas, con sus vastos perfumes industriales,

con las alteraciones genéticas de su belleza

aparecían en el sueño cotidiano de lo que era real para mí

pero no significaban cosa alguna.

Distintas mujeres, con distintas personalidades, con distintas

vidas detrás,

con símbolos distintos de lo que podía significar cada una

de esas vidas

se mostraban en los diversos canales informativos

de una tienda de electrodomésticos

hablando de sus tragedias como bellos fantasmas

sin que nadie les prestara ninguna atención.

 

Siempre el polvo de las cosas,

como una vasta niebla, yo yendo a parte alguna.

Siempre la irrealidad de los sentimientos,

la irrealidad de las percepciones

revelando la tragedia de vivir. Siempre el vivir

como algo sin propósito, sin nexo.

Como algo prestado y falso donde en los claros días,

en el sueño de los claros días, se podía fingir una ciudad

y hombres y tal vez el aliento de algo como la vida.

 

Algunas veces un jilguero regresaba allí de no sé dónde

y el leve picotear sobre los pétalos me transmitía algo

de calor. Un calor de existencia.

Algunas veces me sorprendían mis propios gestos

como si detrás de ellos hubiera un alma,

todavía un instante de alma, algún respiro.

algunas veces una humilde primavera

apócrifa parecía despertarse dentro de mí.

Y desde las ventanas de los edificios,

o apenas vislumbrando en la velocidad de los coches

el sol semejaba vigilar mis pensamientos.

 

Pero al final sentía que en todo aquello no estaba yo,

que en el lado del más allá de todas las presencias

la luz era un reguero de ceniza,

el desierto puro de mi fantasía, la metafísica

de mi propio cansancio. Alguien no me dio la claridad de

visión

ni la mente clara para ver claras las cosas.

Alguien tal vez no puso en mí demasiada lucidez

para ver el mundo en su infinita simplicidad:

la rosa como rosa, el sol como sol,

la tierra como tierra sin estar yo por medio.

Sin estar el sueño de mí invadiéndolo todo.

Sin estar este soñado fantasma que me acompaña

y al que llamo como otros me nombran.

 

He sabido siempre que nunca me conocí

porque tampoco nunca conocer al mundo.

He tenido que inventarme quién era, de vez en cuando,

creerme en posesión de algo de realidad.

He tenido que poseer algo de realidad

para percibir mi dimensión como hombre:

esta alma sucia de dolor, estos envejecidos ojos por el paso

de los insomnios.

Para percibir que entre conocerse y desconocerse

lo mejor es olvidarse de uno mismo.

Que para olvidarme de mí sólo debía ser nadie:

la polvareda de un remoto y solitario camino.

 

Tengo mis propios paraísos químicos aquí junto a la chimenea,

mis días y mis noches los dedico a regresar a alguna lejana

provincia

del silencio donde pueda hallar dentro de mi locura

algo de serenidad. Sí, hoy he regresado al sueño

de la muerte como otra invención,

tal vez como la única verdad dentro de este equivoco.

 

Y lo que no sé es si puede morir un muerto.

 

 

Aún tengo realidad

 

Este silencio sabe que vivo

en otro mundo, que estoy hecho de olvido

lo mismo que una sombra que ha abandonado

el tiempo. Que aún tengo realidad,

aunque sea ésta de soñarme como el fruto

de un mundo poblado de fantasmas

donde la vida se inventa.

 

Me miro y aún no me reconozco,

y apenas veo la niebla

labrando la duda de quien soy.

No sé si empiezo a ser o ya me he muerto.

 

Oigo allá lejos, por encima de las antenas parabólicas

y el maquillaje barato de las nubes,

la voz de la tarde venir del cielo

como de un bar sórdido donde hubiera bebido,

echar otra vez esputos de tiempo en mi sueño

mientras blasfema.

 

Pero yo encuentro su luz,

esa luz neurasténica que alumbra los regatos

de la vida con sus ficciones viejas y sus escalofríos,

y oigo bufar los sapos de la muerte,

al borde de esos estanques con basuras

en el fondo, como náufragos de alguna metafísica.

 

Un naufrago de mi propia alma soy yo,

con un tiempo posible y alguna posibilidad

de vida sin saber para qué.

 

¡Ah, sí será para arrepentirme

de haber nacido mientras sea este el espectáculo!

 

No sé cómo ni dónde he tomado conciencia

de mí, de este animal que escucha el viento,

como si fuera un aparecido,

con sus frufrú almidonados en la niebla

y que descubre, en este parque suburbano,

la música torpe del mundo desplegar su armonía

de bestias y de insectos aquí en su corazón.

Ah, que ve seres que se hacen zumbidos

de un más allá absurdo cuando miran al cielo,

que siente cómo la alta tecnología del dolor

berrea en las praderas de la conciencia

los misereres de su propia infelicidad,

que oye sólo el ruido y el misterio de sus sentimientos

en este repetirse de los días.

Ah, y entonces, ¿dónde puedo encontrar

una razón humilde para permanecer aquí

como la imagen de un espejo que la vida

va desfigurando? ¿Y en qué lugar

de la vida puedo tomar conciencia de quién soy?

 

Yo no soy yo, soy aquel.

Aquel que no se sabe dónde es posible buscar

una plegaria para redimirse de sí mismo,

mientras toma las formas indecisas de la niebla

por estas materias puras vegetales en estado de equilibrio,

por estos diseños de urbanistas que crean

espacios paradisíacos para hacer el amor

y para drogarse a la vez que la duda

lo va desfigurando todo.

 

Yo no soy yo, soy aquel. El extranjero

que sólo existe para el olfato de los perros.

Ese que sabe que ningún dios nunca ha podido

susurrarle una palabra de consuelo,

dioses que miraban desde lejos alucinados

por sus propias farmacologías celeste

cuando se aburrían.

 

 

Practica de la utopía

 

También yo me he puesto a conducir esta noche,

como todas las noches de este ultimo tiempo,

con la esperanza de escaparme de aquí.

Llevo la camisa henchida por la brisa

y la luna delante incendiando de mercurio

las aguas del océano.

La radio, sintonizada en un canal muerto,

es un desierto más que me acompaña.

Paso junto a tierras muy usadas sobre

las que pesan planes de especuladores turísticos

que prometen una vida feliz.

El aire está cargado de un blanquecino gas azul

y el cielo es una lámina cambiante

con remolinos de polen, destellos de bruma

y corrientes polvorientas.

En lo alto del parabrisas, libres en el viento

nocturno, los cables telefónicos

sacuden constantemente la forma lejana

de los astros con un leve temblor.

 

Ya sé que nada va a salvarme,

que ya no soy siquiera aquella bella idea

nacida de la mente de los hombres,

pero me reconforta huir.

De ser algo, soy la conciencia

de lo que no se alcanza ni siquiera a soñar,

una nada muy vieja que ofrece

a las gaviotas un poco de pescado

en la escollera del puerto

y gusta de contemplar su vuelo.

Las curvas se inclinan suavemente

en un húmedo resplandor,

y los colores dorados y cobrizos del asfalto

poseen irisaciones marinas, como escamas.

Las faros de algún coche, en la calma

transparente del salitre,

rotan por el litoral como lo hace

un planeta lejano por su orbita.

 

Es cierto que tengo muy poca fe,

que apenas espero nada, sobre todo de mí mismo,

pero me consuela observar esas estelas de nubes

blancas y grises como paños

con los que alguien limpia el cielo,

los ojos de una estrella que, venciendo

la distancia que nos separa,

hago que se encuentren con los míos.

 

Como cada noche, cruzo la línea pintada

en el suelo y conduzco ilegalmente

por el carril de dirección contraria.

La mirada se pierde no en el tramo de carretera

que tengo ante mí, sino en las altas

profundidades astrales.

No me hago ninguna pregunta.

 

La sensación de volar es muy intensa

cuando traspaso la arista de los cambios rasante.

Las explosiones del motor, el ruido

con que el alquitrán succiona los neumáticos,

el roce de la chapa y de los plásticos,

me hacen pensar en las explosiones

de hidrogeno y de helio de allá arriba,

el movimiento de la materia celeste,

en la energía de la luz cruzando el espacio.

 

 

 

 
3 poemas de Diego Doncel
Traducción desde español: Virginia Chormoviti

 

 

 

 

 

 

____________________________________________

 

Virginia Chormoviti nació en Preveza (Grecia). Estudió Lengua y Literatura Italiana en la Universidad Aristóteles de Salónica de donde se graduó en 1996. También estudió  Lengua y Literatura Española en la facultad de la Traducción e Interpretación de la Universidad Jónica de Corfú y el titulo de su trabajo de fin carrera es: La A-ventura de Egea en la traducción. En el verano de 1993 vivió en Siena (Italia) donde asistió a cursos de lengua italiana (Superiore B) y de terminología Jurídica en la Universidad para extranjeros. En 1994 se quedó en Salerno (Italia) por un año con una beca en la lingüística. Asistió a seminarios de traducción literaria en Málaga (España) y a seminarios de lengua italiana en Atenas. En 2007 obtuvo su Master en Traducción Literaria y Humanística en Málaga y su tesis se titula: La poesía de Fortuny y la Fortuna en la traducción de su obra. Desde 2010 está en marcha su Doctorado en la Literatura Comparada en el Departamento de Lengua y Literatura Italiana en Salónica.
Como estudiante obtuvo cinco becas relacionadas al objeto de sus estudios. Ha sido profesora de italiano y de español en varias Academias de idiomas y en los últimos años enseña en la Universidad Jónica. Colabora con las revistas literarias Porfiras, Poema, Kukutsi y pública traducciones del español al griego en poesía, ensayos, cuentos, obras  teatrales. Hasta ahora ha traducido a los siguientes poetas -autores: Soledad Puértolas, Francisco Fortuny, Adrián González da Costa, Diego Doncel, Mercedes Marcos Sánchez, Vicente Luis Mora, José Emilio Pacheco, Marcotrigiano Miguel, Jesús Aguado, Olvido García Valdés, Alfonsina Storni, Violeta Medina.

Es fotógrafa aficionada. Ha asistido a seminarios de fotografía y ha recibido los siguientes premios: en 2011 Medalla de Oro en el Concurso Nacional griego de fotografía en color con titulo Mater Natura, y otro premio en el mismo concurso, un premio en la categoría Fine Art Am en Chipre, en 2012 dos premios en la categoría de Arquitectura en el Concurso Nacional de Fotografía Artística en Creta, un premio en el mismo concurso en la categoría fotografía en color, y en el Concurso Nacional de Atenas un premio en la categoría de fotografía en blanco y negro y otro en la categoría de fotografía en color. En el noviembre de 2012 habló del griego poeta – fotógrafo Andrea Embirikos en una  conferencia sobre el surrealismo que se celebró en Corfú.

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