Joaquín Rubio Tovar

 

 

(España)

 

 

 

EN ESTADO SÓLIDO

 

 

La primera persona que detectó la presencia del asteroide fue una maestra jubilada. Era la tercera vez que advertía la llegada de un pedrusco cuya órbita provenía del espacio profundo. Llamaba la atención que, sin estudios ni formación, hubiese descubierto aquel cuerpo desconocido que iba a pasar tan cerca de la tierra. Tras dar clases durante más de cuarenta años, se había ido a vivir a una residencia de monjas mercedarias, en la que colaboraba cuanto podía. Después de servir la comida, dedicaba un rato a preparar la masa para hacer dulces y el atardecer lo consagraba a la meditación, según veía bajar las aguas del río. Algunas noches las pasaba junto al lecho de hermanas enfermas.

Había tenido miles de alumnos pero solamente uno, el físico y matemático Rubén Oliva, la visitaba de vez en cuando. A ella le gustaba escuchar el contenido de sus investigaciones, la clase de trabajo que realizaba en el CERN, y cómo le presentaba complejas ecuaciones que planteaban y resolvían nuevos problemas, aunque no entendiera nada de lo que su antiguo alumno intentaba transmitirle.

Cuando descubrió la llegada del asteroide telefoneó a Rubén.  Al igual que en otras ocasiones en las que también le había llamado, él mostró extrañeza:

– ¿Y cómo lo sabe?

  • Por los sueños, como otras veces. Hay un punto en el que los sueños y el espacio Hace años que lo sé. En los sueños, por lo menos en los míos, no hay distancias, ni tiempo, y eso te permite ver y sentir muy lejos del mundo. El cometa viene por un cuadrante muy alejado de la tierra, pero su órbita pasará por un lugar que nos conviene, porque será posible estudiarlo. Es una buena oportunidad; debes decírselo a alguien en el centro donde trabajas.
  • ¿Un cuadrante?
  • Sí, cosas mías.

Rubén pensaba que su anciana profesora estaba fuera del mundo, pero presentó los datos con la advertencia de que ella ya había anunciado la llegada de otros asteroides y había acertado. Los colegas mandaron un correo electrónico al Centro Astronómico de Cálculo con una advertencia: “Esta señora descubre cuerpos celestes en los sueños”. Pero resultó que era verdad, de manera que a este lo llamaron Magister 3.

El temprano hallazgo sorprendió a físicos y matemáticos y alertó a la NASA. Cuando se hicieron los cálculos oportunos, se descubrió que era factible enviar una pequeña sonda hasta el asteroide para que se enganchara a él. Solo había una posibilidad y los técnicos la aprovecharon. Al cabo de un año, una diminuta sonda vino a posarse en la superficie.

La sonda estaba preparada para enviar datos sobre la composición de la materia de aquel cuerpo y, de paso, recoger con unos filtros pequeños objetos que recorrían el cosmos, de manera que el experimento iba a transmitir datos que venían del origen del espacio – tiempo. El director del proyecto era un astrofísico que había desarrollado una teoría que se expresaba mediante complejas ecuaciones y signos. El espacio, el tiempo, la inmensidad,  las galaxias, las supernovas, la gravitación y los agujeros negros parecían encajar en un universo estático y dinámico que se creaba y destruía al tiempo. La vieja maestra, que apenas recordaba lo que era un polinomio, jamás habría llegado a comprender el modelo.

El aterrizaje de la sonda, provocó una salva de aplausos en el centro de control. Luego empezó a trabajarse frenéticamente para que cuando estuviese encarada al sol, se encendieran sus baterías y empezase a mandar información sobre aquel pedrusco viejo como el universo. En el centro de control estaba preparado un complejo sistema de computadores conectados con miles de máquinas dispersas por el mundo, y se disponía de toda clase de instrumentos construidos específicamente para estudiar aquel hecho extraordinario. Rubén comentó a su antigua profesora el éxito del aterrizaje, pero ella le advirtió:

  • Es un asteroide muy especial, que encierra un gran Eso también lo sé.
  • ¿Por qué es especial?
  • Por su composición. Va a ser difícil analizar la información que envíe, ya verás.

Lo cierto es que allí estaba la diminuta cápsula, agarrada a la piedra, con todos sus sistemas funcionando y alerta. Pero cuando llegó la hora, en vez de datos, cifras y temperaturas, empezó a emitir música.

Aunque era imposible, pensaron que algún satélite de la órbita terrestre podría rebotar las ondas de alguna emisora de radio y enviarlas a la sonda. Pero no podrían llegar a tanta distancia y menos aun que el ingenio las mandara hasta el centro de cálculo. Lo cierto era que cada vez que el sol iluminaba las alas de la cápsula empezaba a sonar una fuga, la última que compuso Bach. A continuación sonaba el cuarto tiempo de la sinfonía Júpiter. Y si era la luz de la luna quien rozaba el ingenio, se escuchaba el piano de Mompou. Lo que más desconcertaba a los técnicos era que a veces sonaba música que no se había escuchado jamás, de manera que se hizo una consulta a conservatorios y escuelas de música para ver si alguien conocía al compositor. Nadie fue capaz de poner nombre y autor a aquella música y nadie supo ni qué orquesta, ni qué cantantes eran los responsables de las interpretaciones, que resultaban impecables, aunque un poco frías. “Tras tanto tiempo en el cosmos, no me extraña que la música se haya enfriado”, comentó la maestra. A altas horas de la madrugada sonaba un cuarteto que volvía melancólicos a los matemáticos.

Al principio se escucharon algunas bromas: “¿Y esto qué es, el programa Peticiones del oyente?” Pero las risas cesaron, cuando el equipo de astrofísicos  aseguró que era el asteroide, aquel pedrusco que venía de tiempos y espacios incalculables, quien emitía la música. La sonda estaba perfectamente agarrada a la piedra y todos los días, a la hora del sol, empezaba a sonar, como si alguien hubiera encendido la radio. En la sala no se hablaba de helio, ni de carbono, ni de materia, sino de música. El análisis espectrográfico no revelaba nada especial, pero un físico dijo algo así como que parecía que la luz hubiese pasado a través de una vieja vidriera gótica. “Muy científico”, contestó enfadado el jefe del proyecto, pero él pensaba lo mismo aunque no se atreviera a decirlo.

El Nuevo Identificador Sideral (NIS), nombre con el que bautizaron el programa que reconocía billones de composiciones, no pudo reconocer unas extraordinarias obras polifónicas, pero reveló que algunos cuartetos pertenecían a compositores que no habían existido. Era la primera vez que se escuchaban algunas obras,  y frente a aquel desasosiego que producía oír aquellas piezas inéditas, sonaban a veces fragmentos de una sonata de Beethoven, tiempos sueltos de sinfonías de Sibelius y algún lied de Schubert. Pero todavía eran mejores aquellas composiciones desconocidas que eran pura estructura, puro orden, un contrapunto que dejaba oír con claridad todos los instrumentos, todas las voces, toda la claridad del mundo. ¿Quién era su autor? Nadie lo sabía. La sonda se volvería a sumergir en el trazado infinito de las órbitas y se llevaría aquel misterio. Algunos matemáticos se entristecieron al pensar que aquel pedrusco solitario, se perdiera para siempre más allá del sistema solar. ¿Qué hacía un asteroide emitiendo la sinfonía Júpiter, las fugas de Bach y quien sabe qué otra música por el universo?

Rubén fue el encargado de pedir información a su vieja maestra:

  • ¿Qué fenómeno es este? preguntó inquieto.
  • Esa música se ha solidificado y viaja por el mundo. Sus intérpretes no tienen nombre, son solamente la música. El asteroide está hecho de música, es música en estado sólido. No hay un nombre para ella. Está fuera del tiempo y de los nombres. La música tiene tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Yo no la había oído en estado líquido hasta hace unos meses, cuando el río empezó a bajar crecido. Entonces la escucho en las aguas que se van. La música es tiempo, tiempo que se va y que a veces se convierte en materia, ya sabes.
  • No, no lo sé.

Hablaba para sí misma:

  • Es un proceso extraordinario, pero más extraordinario es que venga de tan lejos. No alcanzo a ver de dónde viene.

La maestra habló de los sueños, de cómo el espaciar (que era como ella llamaba a la formación del espacio) y el soñar o sueñar (que era como ella llamaba a la coincidencia entre espacio y sueño) eran una cosa y lo mismo. Pero aquella tarde habló poco y no tardó en indicar a Rubén que no tenía mucho tiempo. Esa noche le tocaba comedor. En los pasillos se oía el entrechocar de las cacerolas:

  • Hoy toca sopa de pollo y las hermanas deben de estar entrando ya en el comedor. Tengo que dejarte, Rubén, porque debo servir los platos.
  • Adelante, adelante, dijo Rubén.

Caminaron juntos hacia la entrada y se despidieron.

El asteroide y la sonda se fueron alejando mientras una voz de mujer cantaba un lied bellísimo. Aquel cuerpo extraño, hecho de música en estado sólido y que había estado al alcance los humanos, se marchaba emitiendo lieder, fugas de Bach y una música desconocida que recordaba los motetes de Tomás Luis de Victoria o de alguien desconocido.

 

 

 

 

 

 

 

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BIO

 

Joaquín Rubio Tovar es cuentista, novelista y filólogo, especializado en literatura románica medieval y traducción literaria. Nacido en Madrid, donde estudió música y Filosofía y Letras, ha sido catedrático de instituto, y profesor titular de Filología Románica en la Universidad de Alcalá. Es autor de tres libros de cuentos: El dolor de las cosas (I.C. Gil-Albert, 2005), Se murió de Mozart (Colección Alonso de Bonilla, 2011) y Quedarse solo (El genio maligno, 2015). Tempo, uno de los relatos que integra la primera colección, fue galardonado con el Premio Gabriel Miró en 1993. También es autor de una serie de novelas policiacas, de corte satírico, protagonizadas por el detective José Carrasco, publicadas por la editorial La Discreta: El sueño de los espejos (2008), Alguien envenena a los pájaros (2011), que se desarrolla en Londres, Madrid y La Mancha, Viaje a la muerte (2016), y El caso de la mafia universitaria (en prensa).

Ha traducido del francés medieval Cligès, de Chrétien de Troyes (Alianza, 1993), y el Cantar de Guillermo (Gredos, 1997), y ha hecho distintas ediciones de viajeros medievales, así como una de San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno (Castalia, 1991), y de las Memorias que escribió de sí Margarita de Valois (Prensas de la Universidad de Alcalá, 2017). Es autor también del ensayo La vieja diosa. De la filología a la posmodernidad (CIC, 2005), del extenso estudio Literatura, historia y traducción (La Discreta, 2013) y de la monografía El vocabulario de la traducción en la Edad Media  (Prensas de la Universidad de Alcalá).

 

 

 

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