Dimitris Lyacos

 

LEVURE 12 PHOTO DIAPO DIMITRIS LYACOS Greece

 

(Grecia)

 

 

 

POENA DAMNI (trilogía)

 

 

Z213: SALIDA

 

 

Estos los nombres y así me encontraron. Y en cuanto me llevaron me quedé un poco de tiempo y luego me acompañaron era un edificio con cuatro apartamentos grandes patios y habitaciones los demás estaban allí cuatro apartamentos separados no muy cerca de la playa.
Y de vez en cuando comíamos juntos y en el centro un leño con ramos cortados arriba una abertura para el humo, y ceniza en el suelo negras manchas y ceniza. Y desde los huecos en las paredes brotaba un poco de agua y algunas veces podías pedir que fueras arriba a ver a otro y cuando algunas veces por la noche había un corte de luz y nos sentábamos callados en la oscuridad otros apartamentos que no comunicaban tres cuatro cinco entre nosotros nos amábamos el uno al otro sin embargo la mayoría de los que estábamos allí moriría alguna vez todos y yo también y entonces gritaron los que creían otros no teníamos este derecho y estábamos en todos estos apartamentos más o menos un millar y cada día llegaba uno del personal con un catálogo y se quedaba de pie en la puerta cuando entrabas en la puerta de afuera para entrar se quedaba de pie y gritaba para que salieran afuera y los llamaban entonces los sacaban de allí y quedaban diez en otro sitio quince según el departamento y los llevaban a un sitio particular desde la noche del día anterior y el día siguiente por la mañana venían y los recogían de allí y escucha el momento en el que entraban adentro y gritaban los nombres escucha ahora que nos dan la despedida éramos dos mil más o menos.
[…]

 
 

[…]

Unas pocas horas todavía, estación, vacía, camino de tierra hacia el centro de la ciudad, fango, fango, afuera mantas, casas de chapa en ruinas, un poco más atrás el pilar torcido,
ningún coche, basura, dos chicos que incendian un montón, otros dos tres fuegos al horizonte, casas, más agrio el olor, el asfalto a pedazos, casas a bloques de cemento, poca gente, puertas entreabiertas, penumbra, el colchón como si fuera mojado, aquella leche, el vuelco en el estómago y mareo, cuando me desperté, me levanté para conseguir antes de que anocheciera, un poco al azar y de lo que me acordaba, pregunté, desde el otro lado, detrás del puente, el fragor del agua, los árboles que se escurecían pero aún veía, estaba en frente de mí casi en cuanto entré. Qué haces por aquí, me siento a tu lado un poco, si también entonces hubieras podido, si alguien se hubiera acurrucado, si te hubiera escuchado como aún eras escuchado, tus ojos que brillaban los ojos que se ofuscaban, el dolor que obcecaba,
con quienes más te llevaron aquí, la campana, silencio mientras te llevaban abajo, canción ahogada y pausa, el fragor del agua. Tengo frio, me voy entre los otros nombres, fotografías que te miran sin poder, el sol que ahora se desvanece otra vez. En la calle hacia atrás, en la llanura un débil, como último suspiro, y un brillo, el río que se aleja, la ciudad muda como antes, con un poco de vino en una mesa en el rincón, la biblia que se apaga, en ella las palabras de un extranjero, en todo esto escribo donde encuentro una zona muerta.

 

 

[…]

Al principio no ves solo imaginas, luego piensas ver, despliegas con tu mente un territorio en el que no se ve nada. A medida que el paisaje se va aclarando en el campo visual, los límites van hacia atrás. Luego miras algunos metros delante, ves que viajan, no tú, sino los objetos, si puedes llamarlos objetos. Si no pudieras verlos, viajarían dentro de lo que has tocado, contactos en sucesión uno tras otros, en una serie. Tú así la llamarías, serie, y si hicieras el mismo movimiento al revés, podrías prever la misma serie desde el final hasta el comienzo. La mano desde los pantalones, en el asiento, y en su brazo, en el cristal de la ventana, y otra vez atrás, la misma serie, con las distancias que habías observado en el lugar. No como cuando miras, durante una hora, y cambia su color porque cambia la luz, se hacen grandes cuando los acercas a ti, desaparecen, entran y salen de la luz en la oscuridad. Depende de la luz. Y cualquier otra cosa podría salir de la oscuridad, delante, mientras caminamos. Porque también sabes que el cielo está allí, aunque sea oscuro, aunque esté vacío. Como sabes la tierra desde abajo te empuja hacia adelante. El eje la empuja y ella
lo empuja adelante. Si se ablandara un poco nos hundiríamos en ella. A lo mejor vamos a hundirnos en algún lugar. Tal vez allí en el horizonte el movimiento no sea tan fuerte. De ciertas alteraciones entiendes como la luz juega con lo inestable.
[…]

 

 

 

CON LOS HOMBRES DESDE EL PUENTE

 

 

Ya había oscurecido cuando crucé el otro lado de la estación y salí a la calle. Aún llovía, un poco. Los encontraría debajo de uno de los arcos del puente, como me dijo. Vería una luz. Llegué justo afuera, esperé. Esperamos. Abrieron la puerta, entramos. Nos dieron una hoja de papel. En el interior veías hacia un punto, luego oscuridad. Me senté entre los demás, en el suelo de tierra. Diez más o menos, algunos de ellos con perros. A la izquierda la pared colgando. Otros dos por allí. Tres. Arriba en frente azul oscuro, a la derecha una luz verde y lámparas blancas colgando cinco o seis del techo justo encima de nosotros encendidas excepto una. En un rincón las mujeres. Tres alrededor de un barril roto, otra traía periódicos. Partieron algunos y los echaron adentro. Fuego. Se ha apagado. Otra vez. Cuando se fueron
un poco más cerca de la pared detrás de ellas, apenas las verías, era la ropa o la luz que así lo hacía parecer. Y continuamente abrían y cerraban los ojos, como espasmos que bajan hacia la boca – excepto la a la derecha que era, quizás, más joven. Ahora, ¿este que pasa frente a ellos desnudo desde la mitad con un ladrillo roto o una piedra? en la mano, y viene hacia aquí. Un signo como una palabra en su pecho desde el cuello bajando. Se sienta en el suelo, coge dos barras de madera, clava, hizo una cruz. La hinca en el fango. Al lado una botella y un vaso. Más atrás una carrocería de un coche medio enterrado, sin la puerta delantera. Encima del capó un radiocasete y una televisión, el parabrisas cubierto por una chapa de hierro. Una mujer sale del coche. Antes no se veía nada, como si fuera vacío. Como una máscara de tierra desde la naríz hacia abajo, la boca apenas aparece. Entra dentro
otra vez, arrastrando delante una cobertura de madera. Tira para cerrar pero no puede. Chatarras alrededor. Piezas de recambio. Y uno más que camina por ahí, también él viene hacia aquí. Envejecido, el jersey destrozado, un libro en la mano y dentro algunos papeles. En la hoja de papel que me dieron cuatro nombres: Narrador – el que tiene el libro. Como
Biblia. Abre y cierra el radiocasete. Zumbido. Va y ayuda a las mujeres. Y otros periódicos, Baile – las mujeres. LG – poco más atrás, algo ha clavado otra vez. NCTV – la que está en el coche. LG, NCTV. Estos eran los nombres. Título: NCTV. Algo parecido, me acuerdo, el nombre de la estación. Niktovo. No. Niktivo. Nichtovo. No. Otro estruendo, más fuerte, constante desde el momento que entré. Radiocasete. Narrador. Abre y cierra, se va, viene otra vez abre la Biblia, arranca desde dentro y pega las páginas en la pared a la derecha, una al lado de la otra. Luego espera. Espera. Casi nos da las espaldas. Por un lado y por el otro cruces pintadas en el cemento. Viene aquí para leer. Narrador. Se apagan las luces arriba.

Andaba de noche
y de día por los cerros y
las tumbas, gritando,
y golpeándose con piedras.
Viendo a Jesús desde
lejos, echó a correr,
y poniéndose de rodillas delante de él,
le dijo a gritos
¡No te metas conmigo, Jesús,
Hijo del Dios altísimo!
Te ruego por Dios
que no me atormentes.
Hablaba así porque Jesús le había dicho
¡Espíritu impuro, deja
a ese hombre! Jesús le preguntó
¿Cómo te llamas? Él contestó
Me llamo Legión
porque somos muchos.

Se vuelve y hace una señal a las mujeres para que empiecen. Empiezan todas juntas.

Hace mucho que no sales de aquí. Te sientas adentro
y esperas. Algunas veces como si se oyera
o así te parece. Te pareció,
cuando saliste afuera y fuiste a la puerta.
Nada. Pero vives de esto. Cada día lo mismo

Se paran. Se miran entre ellas y alrededor

a veces mucho más.
Casi como voces, más o menos. Están dentro de tí.

Esto. Pero luego llega el día en el que salen
y los esperas en casa. El mismo día cada vez.
A veces cuando por la mañana te despiertas es como si te hubieras pegado
y te despegas de encima de ellos. Quieres quedarte un poco más
no quieres levantarte. Te vuelves miras a la derecha y a la izquierda
acaso llegaron. No.
No han llegado. Pero levántate
es hoy.
Hoy. Levántate.
Un año más ha pasado y

Se paran bruscamente, algunos segundos, otra vez, ¿quién es este?

estaremos otra vez juntos.
Unas pocas horas todavía. Luego nos acostaremos. Nos despertaremos
Esperaremos. Nos acostaremos.
Nos despertaremos. Esperaremos.

[…]

Frammento, LG

Luego oía pasos otra vez y
también como si alguien masticara. Cada día
lo mismo. Este dolor es como el reloj que se oye
cada vez que lo miras. Rómpelo y tíralo.
El sol opaco. Más cerca de un ojo que del otro.
Los oyes desde arriba. Se fueron otra vez. Silencio.
Luego otra vez lluvia, no consigue secarse
la manta. Luego salí porque tenía hambre y fui a buscar algo que comer.
Cuando volví habían vuelto a poner los ladrillos y habían cerrado otra vez.

Se para, continúa

golpea más fuerte y quita los ladrillos. Cuando entres
ponlos otra vez en su lugar. Pon también
la manta encima. Rásgala un poco
para que entre un poco de sol.
Me senté a tu lado
sabía que estabas allí. Pasó un poco de tiempo.
Como si te viera. La boca entreabierta
los ojos como entonces, al final

Pasó un poco de tiempo.

Salí otra vez y llevé un poco de agua. Un trago. Me hace bien
al estómago, me conforta
y puedo acostarme un poco.
En el sueño otra vez, tu voz muy fuerte. No podía. Me levanté
y golpeaba encima de la cobertura hasta que se rompiera.
La quité. La arrastré y la puse en posición supina.
La levanté. Cayó de nuevo. Otra vez. Pasó un poco de tiempo.
Al final la llevé afuera. La dejé en el suelo
y fui a comprobar que el viento no hubiese arrastrado
la manta. Volví y me acosté a su lado. Estaba cansado.
Bastante luz. Un largo gusano blanco. Un dedo
que cavaba solo.
Deja algo para mi. Al final algo quedará.
Un diente de su boca,
algo para mi
un diente

roto.

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