Adrián González da Costa

 

DA COSTA, FOTO

 

(España)

 

 

 

Ella viene hacia mí

 

Ella viene hacia mí, atraviesa mi vida

lo mismo que una aguja la pupila de un ojo,

lo mismo que una espiga la pupila de un ojo,

lo mismo que un reflejo, un destello del mar

la pupila de un ojo.

 

Lo mismo que una hoja de navaja, o un cuchillo

corta el pan, lo separa, encima de la mesa,

ella corta y separa el tiempo, día y  noche,

sobre la frente atenta de quienes la miramos.

Y en la carne, la marca de ese corte reparte

primavera e invierno, el antes y el después.

 

Con las manos colmadas de monedas, arriban.

Vienen desde muy lejos para verla danzar,

para verla reír, para verle los labios.

Dicen:

Su pelo no es moreno, no es castaño, ni rubio.

Dicen:

con las manos desnudas, por catorce monedas

cinturas como ésa las he ceñido yo.

 

Con las manos colmadas de monedas, arriban.

Vienen desde muy lejos para verla danzar.

Toman barcos y trenes. Semanas de camino

para oírle la voz, para verle los labios.

 

Y con dedos desnudos, uno a uno, ella va

deshuesando  sus cuerpos como a fruta madura.

 

 

 

La vuelta a casa 

 

La vuelta a casa es el retorno al vientre,

a la matriz materna, a la costilla.

 

Roja, como una herida en el costado,

como gota de sangre que agonizando cae,

la tarde en luz extiende su parábola

y el mendigo Miguel maldice o gime.

 

Ah, mi tierra, podrida en sus dos caras.

Patria pequeña y grande, pauperrísima

en todo lo demás, salvo en el gesto

largo, sincero y generoso

de su repudio al pobre,

a quien no tiene.

 

En la estación, las maletas,

gastadas por los bordes,

se agolpan y golpean como gente.

Aguardan que una mano las redima

de tanta enemistad, lo mismo que sus dueños.

 

Pero yo, gracias a éste,  tengo mis vocales.

Pero yo, gracias a ése, tengo mis seis cuerdas.

Pero yo, gracias a aquélla, tengo  mi

diminutivo.

 

Y puedo deslindar,  por todos ellos

la tierra del hogar,

sin que piedra o espina me hiera en la experiencia.

 

 

 

Agua de noche

 

Inesperadamente,  ya de noche

ha llegado de afuera  hasta mi oído

una voz de mujer. Y sus palabras

amargas, dichas por la radio triste,

fueron llenando el cuarto que es mi vida.

 

Abrí los ojos. Más allá del techo

cerrado de este cuarto, más allá

del cielo negro, inmóvil, de noviembre,

han de brillar, girando, las estrellas.

 

Y, visto este pensamiento inútil,

inútil y banal, como el querer

ser otro, lentamente, fui soñando

que era un náufrago, un ancla  y que me hundía,

que me hundía en las aguas sin fondo de esa voz.

 

 

 

Esperaban la ola

 

Esperaban la ola. Hora a hora

la esperaban. Vivían

el tiempo de la fruta

madura, del pájaro parado

sobre la rama quieta, la maldición, el brillo

de ese filo fatal de las navajas.

 

Esperaban la ola, hora a hora

la esperaban. Sentían,

cerca, el golpe inesperado, la soledad,

el hambre, el frío repentino y metafórico,

la traición del mundo entero en mano amiga.

 

Esperaban la ola. Y escuchaban,

lejanas en lo oscuro, las mareas,

las mareas mudando

lentamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

____________________________________________

 

Adrián González da Costa

 

De madre angoleña y padre español, nació en 1979. Estudió en Sevilla, donde se licenció en Filología hispánica y enseña en Andalucía (España).

 

En 2002 le concedieron el prestigioso premio Adonáis por Rua dos douradores, un libro que al año siguiente obtendría el Ópera prima de la crítica andaluza. En 2012 consiguió el premio internacional de Letras hispánicas de la universidad de Sevilla por Por el sueño afuera.

 

Ha realizado varias traducciones del portugués al español, entre las que destacan las publicadas en la colección Conversaciones con fotógrafos de editorial La fábrica, Helena Almeida habla con Isabel de Carlos y Jorge Molder habla con Jose Augusto Bragança.

 

Sus textos han sido recogidos en múltiples antologías de entre las que destacan: Andalucía poesía joven, Poesía por venir, Epitafio del fuego y Aquí y Ahora.

Articles similaires

Tags

Partager